Comunicación y Pedagogía 259-260

Me cuento entre los orgullosos propietarios de una tablet Android y, tras unos meses de uso, no puedo más que hablar maravillas de este tipo de dispositivos. ¿Te pierdes en Malta? No pasa nada, el GPS y Navigator te sacarán del apuro; ¿necesitas una app que te ayude con la agenda? Tienes decenas para elegir. Y así podemos contar innumerables ocasiones en las que tablets y smartphones pueden resultarte útiles, tanto en el ámbito pedagógico como fuera de él. “Lo mismo que un PC o un portátil”, dirán algun@s. No, no son lo mismo.

Ni unos ni otros cuentan con las ingente cantidad de software especializado en funcionar perfectamente en dispositivos móviles, creado para exprimir al máximo aparatos que, además, permiten una movilidad que otros no pueden facilitar. Y no pueden no porque sean peores artilugios. Sencillamente, no pueden porque no han sido creados expresamente para ello.

Por cuestiones laborales, cuento también con portátiles y netbooks a mi disposición y puedo, por tanto, compararlos con los “recién llegados” al mercado, las tablets. Como las canciones, hay una para cada momento y, todos estos dispositivos tienen sus cualidades. Sin embargo, si lo que se busca es ubicuidad, son las tablets las más aventajadas. Y este factor es el que me hace pensar que estamos ante algo diferente, una tecnología que avanza, bajo mi punto de vista, en la línea correcta.

“Son el futuro”, dice Javier Sanz, de ADSL Zone. Puede que lo sean para muchos ámbitos y soy del parecer que pueden ser más que relevantes en el ámbito educativo. Economías aparte, imaginemos a los estudiantes con sus libros de ejercicios, bibliotecas, documentos, calculadoras y demás bártulos necesarios para sus tareas, juntos en un dispositivo de no más de 12 pulgadas y apenas 600 gr. de peso. No más dolores de espalda al cargar pesados libros, se acabó aquello de “lo he olvidado en casa”.

Además, tablets y smartphones cuentan con la ayuda del cloud computing que tratábamos en el número anterior. Parece obvio que ese fenómeno ha crecido casi a la par que estos dispositivos ya que éstos, sin duda, no podrían resultar esencialmente útiles sin la computación en la nube. De hecho, pronto observaréis que muchas de las apps que describimos en este número se basan en dicha tecnología, algo que provoca que la única preocupación que tengamos a la hora de trabajar con estos aparatos sea no olvidarlos en casa y que, ¡por favor, haya Wi-Fi allá donde vayamos!

En fin, uno no sabe cuál es el límite, si en algún momento va a frenar o no esta vorágine de dispositivos. No lo parece ya que el ritmo de aparición de nuevas tecnologías, otrora inimaginables, parece constante e, incluso, acelerado en los últimos años. Parece que no queda otra opción a todo miembro de la comunidad docente que estar al tanto de todo lo que los jóvenes dominan con los ojos cerrados, ¿no?

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